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domingo, 25 de diciembre de 2016

ADAM SMITH, DECLARADO INOCENTE

Alan Greenspan fue jefe de la Reserva Federal estadounidense (la "Fed", el "banco central" de la súper-potencia) en un largo periodo, de 1987 a 2006, así que tuvo tiempo de servir desde a Ronald Reagan hasta a los Bush, padre e hijo, pasando por William Clinton. Greenspan se alarmó antes de 2008 por la "exuberancia irracional" de los mercados y confesó que se había creído tranquilamente que en el mercado, como en un libro del economista Adam Smith, una "mano invisible" se encarga de arreglarlo todo si cada quien sigue sus fines egoístas.
      El problema es que Smith, en el siglo XVIII, habló del egoísmo al pasar, así como de una "mano invisible" que entendía como Divina Providencia. En realidad, más allá de la Economía Política (La riqueza de las naciones), Smith, padre del liberalismo económico, escribió la Teoría de los sentimientos morales, en la cual explicó su filosofía: una sociedad no podía subsistir sin la cooperación entre sus miembros y la simpatía entre ellos (probablemente el equivalente de lo que hoy se conoce por "empatía").
      "Los hombres -escribió el escocés Smith- sólo pueden existir en sociedad; están expuestos a causarse daño mutuamente y necesitan ayudarse entre sí. Cuando se prestan ayuda recíprocamente por amor, gratitud, amistad y estima, la sociedad florece y es feliz (...)". Una sociedad así "(...) no puede darse entre aquellos que se sienten inclinados a causarse perjuicios y daños. Si los ladrones y asesinos tratasen de formar una sociedad viable, al menos tendrían que abstenerse de robarse y matarse entre ellos mismos", cosa que, agreguemos, los mal llamados "neoliberales" de los últimos treinta y pico de años no supieron ni quisieron hacer.
     Para Smith, había pasiones sociales y antisociales. "Una persona, escribió, nunca debe llegar a anteponer su interés al de cualquier otro hasta el punto de dañar y atropellar a los demás en su propio beneficio, aunque el beneficio del uno fuera mucho mayor que el daño o atropello causado al otro".
      Vista desde el liberalismo, la época que arrancó en los '80 -con el antecedente de las "treinta vergonzosas" (trente honteuses) de posguerra, como las llegara a llamar el comunista francés Michel Clouscard- fue la de las pasiones antisociales, saqueando el Capitalismo Monopolista de Estado (CME), y por cierto que no un supuesto "Estado de Bienestar". El "golpe de mano" para pervertir al CME -a favor de los monopolios y sacándole al Estado sin darle- se originó en la posguerra y culminó con el ascenso de los ambiciosos que estuvieron por más de tres décadas llamándole "liberalismo" (o "neoliberalismo", anzuelo que se tragó la izquierda) a conductas que hubieran asqueado a Smith. Greenspan, laureado "conferencista Adam Smith", dice por su parte no haber sabido lo que estaba haciendo. Smith sabía lo que escribía.

viernes, 23 de diciembre de 2016

EL PREDOMINIO DE LA CLASE OCIOSA

Es fácil ver cómo la clase dominante ostenta hoy, por ejemplo en los medios de comunicación masiva, no la iniciativa, el riesgo, la innovación o el ahorro, sino el ocio y el consumo suntuario (de lujo). El economista estadounidense Thorstein Veblen había advertido contra esta tendencia en Teoría de la clase ociosa (1899), desde finales del siglo XIX.
      No es un ocio cualquiera y es, en cambio, una forma de ver la vida que se ha transmitido a los sectores medios, sobre todo ante la desvalorización de las profesiones, y en parte a los sectores populares, afectados por la marginalidad y la devaluación del sentido del trabajo. La clase ociosa busca adquirir para consumir y "mostrar que consume". Veblen decía que eran cuatro las cosas que más le interesaba comprar a esta clase: poder, prestigio, honor y éxito. En estas circunstancias, la gente de dinero, las "terceras personas" (funcionarios, profesiones liberales, empleados de algunos servicios, etcétera...) y los marginales buscan, además de poder en las relaciones personales, un estatus por el cual están dispuestos todos a competir a muerte, y contra el prójimo, en la insolidaridad total. Son muchos los que significan todo el tiempo y contra los demás el usufructo del estatus.
      Según Veblen, la clase ociosa incursionaba en particular en cuatro actividades para ostentar: el gobierno, la religión, los deportes y la guerra. Marcas de estatus, estas actividades se ven hoy como "entretenimiento", la guerra incluida, sobre todo si es a los demás. Ser belicoso contra tal o cual país también puede ser marca de estatus. Los deportistas y/o los dueños de clubes deportivos incursionan en política, al igual que los hombres de negocios, y los políticos con frecuencia aspiran a enriquecerse descomunalmente por estatus y por ocio. Tal vez, más exactamente que la religión, cuenta sobremanera hoy una psicología de la auto-ayuda que no excluye formas degradadas del budismo o el animismo, por ejemplo, aunque Estados Unidos también ha tenido recientemente un presidente "cristiano renacido" (born again christian), George W. Bush. Desde hace algunas décadas se toma la guerra por deporte !y el deporte como guerra! Los admiradores de la clase ociosa, nuevos ricos incluidos, incluso peor que otros, imitan a una clase encumbrada cuyo valor principal no es el trabajo, entre otras cosas por el predominio de las finanzas. Uno sale de "cortar el cupón" a jugar golf.

martes, 20 de diciembre de 2016

TERCERAS PERSONAS: LA PULSION

La palabra "consumir" significa en latín (consumere) "destruir, extinguir", se entiende que mediante el uso. Por este motivo hay frases como "el lugar fue consumido por el fuego" o "tal persona fue consumida por la enfermedad".
      Las "terceras personas" (funcionarios, profesiones liberales, empleados de varios servicios, etcétera) y quienes "realizan" mercancías vendiendo están más inclinados hacia el consumo que hacia la producción, más aún en la medida en que tienen trabajo para ganarse la vida y acceder al consumo, antes que para ser creativos. Sus trabajos son rutinarios y estas personas importan en el capitalismo para detener la caída de la tasa de ganancia garantizando un nivel mínimo o máximo de consumo; no importan como productores, porque el capitalismo quisiera al mismo tiempo desembolsar lo mínimo para mantener a estas capas sociales.
    Como no es el trabajo el que da sentido a la existencia (incluso asesores de los Clinton como Jeremy Rifkin auguraron el imposible "fin del trabajo") de estas "terceras personas", sino el consumo, no les interesa ni saben construir: usan y tiran. El grupo de investigación francés Ars Industrialis explica que la energía que tiene todo ser humano está desviada en el consumidor nato (por el consumismo, consumérisme) del anhelo a la pulsión, desviación de la que se encarga el marketing. Si esa energía no es canalizada artificialmente, por la sociedad, hacia la creación, cae en la pulsión que es destructiva, justamente porque no apunta a crear, sino simplemente a "satisfacerse": para ponerlo en un ejemplo, es la diferencia entre "tener una relación sexual" y "hacer el amor". Es también la diferencia entre un animal y un ser humano. Las "terceras personas" son las de la llamada "sociedad de consumo" , aunque no sea exactamente tal: llevan la pulsión de muerte por delante y detestan otras formas de canalización de la energía, las que no son pulsionales, con el argumento de que el ser humano es a fin de cuentas una variante animal, y el animal, un "animal no humano". Para decirlo de otro modo, y la historia de la familia Clinton está para probarlo, estas "terceras personas" detestan el afecto, no aman nada (¿alguien le ha oído a los Clinton palabras de amor y agradecimiento por lo recibido de Estados Unidos, a diferencia de algunos discursos de Donald Trump?) sienten un gran poder en su capacidad para usar y destruir "en libertad de elegir" (los Clinton creen simplemente en la "grandeza", empezando por la propia, la del poder obtenido), y a fuerza de no crear, no entienden que no entienden, porque no tienen las herramientas para entender y las creen superfluas. Comprender es un proceso creativo que no les interesa: sólo tener el poder infinito de "usar" para satisfacción pulsional propia.

sábado, 17 de diciembre de 2016

DE MANDEVILLE AL IMPERIO DEL CAOS

Nada mejor que el hecho de que los problemas e incluso los vicios -abiertamente- se vuelvan crónicos para lucrar con ellos, al grado de que las "terceras personas" (funcionarios, profesiones liberales, etcétera...) puedan confundir su salario, un rédito derivado, con una ganancia. A principios del siglo XVIII, era lo que había demostrado el holandés Bernard de Mandeville: "los vicios privados hacen las virtudes públicas", afirmó en La fábula de las abejas este autor sobre el que ha trabajado hoy el filósofo francés Dany-Robert Dufour (La pléonexie/La pleonexia). Para Mandeville, lo rentable era que la gente se comportara del modo más egoísta posible, y sin escrúpulos.
       Si alguien cae enfermo, no conviene que se cure. Hará vivir al médico y si el enfermo es hospitalizado, a otros médicos (trabajan entre varios), a pasantes de medicina, a varios turnos de enfermeras, a los laboratorios farmacéuticos y de imagenología, y más aún, a quienes lucren con las visitas familiares: el restaurante del hospital, la tienda de regalos, etcétera, al grado de que hoy más de un hospital tiene, además de restaurante, pues cafetería, hotel !y hasta cantina! Tampoco conviene acabar con la delincuencia: hace vivir a distintas policías, al personal de las cárceles, a jueces y secretarias de acuerdos y desde luego que a muchos abogados. ¿Más enfermos o más delincuentes? Más empleos, más salarios ("réditos"), más posibilidades de hacer su agosto con la desgracia ajena...Lo que Mandeville explicaba es que la pereza de los nobles hacía vivir a quienes los servían. ¿Qué ocurriría si desapareciera la prostitución? Se perderían fuentes de empleo, por lo que es mejor dignificar a las "sexoservidoras". ¿Y si se acabara la drogadicción? Perderían empleo hasta campesinos cultivadores de hoja de coca o de goma de opio, no nada más los laboratorios químicos y los traficantes o el dealer de la esquina. Así, en el caos, ha enfermado de pleonexia ("querer siempre más", "querer más que su parte") el capitalismo de nuevos ricos, los mismos de los Clinton, Bush y Obama, para quienes incluso las guerras -¿qué tal una gran guerra con Rusia?- son otra oportunidad de negocio.
       Mandeville concluía de manera sencilla y lógica: si la gente se volviera honesta, se acabaría el panal y las abejas se irían. Si los enfermos y los drogadictos se curaran, por ejemplo, el "panal del negocio" caería en crisis y hasta en la ruina. Así, lucrando con males sin resolverlos, ha estado viviendo el "imperio del caos" (Samir Amin) en las últimas tres décadas, al grado de detestar a quien quiera poner un mínimo de orden.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

CAPITALISMO: EL DESCONOCIMIENTO DEL TRABAJO

El capitalismo actual ha convertido el trabajo en un absurdo que, para la mayoría, no tiene gran cosa de creativo ni gratificante. Hoy, pareciera que, como lo advertía hace algún tiempo el economista canadiense John Kenneth Galbraith, "(...) el disfrute de la vida empieza después de terminada la jornada laboral. Es entonces, y solo entonces, cuando el trabajador logra escapar de la fatiga, el aburrimiento, la disciplina de la máquina, del lugar de trabajo en general o de la autoridad directiva". Y este disfrute es un "ocio organizado" para el consumo de masas que garantice la realización de las mercancías y que evite la caída de la tasa de ganancia. El filósofo francés Dany-Robert Dufour (Le délire occidental/El delirio occidental)ha demostrado en uno de sus últimos libros cómo el ocio no es en realidad "libre" (y no existe en realidad verdadero "tiempo libre").
        El trabajo más agotador no es bien remunerado, contra lo que quería por cierto hace algunos siglos el economista clásico Adam Smith. En cambio, suelen ser bien remuneradas "ocupaciones" de "terceras personas" (funcionarios, directivos, etcétera...) que "gestionan" lo producido por otros y encuentran en ello algún tipo de placer (con frecuencia el de mandar o incluso humillar, y claro está, el de percibir una buena remuneración). "He aquí la paradoja, escribe Galbraith en La economía del fraude inocente. La palabra 'trabajo' abarca igualmente la labor de aquellos para quienes es agotador, aburrido y desagradable, y la de aquellos que no lo perciben como obligatorio y para los que constituye un placer evidente. A estos últimos el trabajo puede proporcionarles una gratificante sensación de importancia personal o el sentimiento de superioridad que acompaña el tener a otros bajo sus órdenes". Agrega Galbraith: "los sueldos, bonificaciones y stock options son más generosos en los niveles más altos, donde el trabajo es un placer" (el ya descrito).
       El fraude desde el punto de vista capitalista no está abajo: el capital busca aumentar la tasa de explotación (remunerando lo menos posible al trabajador-productor de riqueza, incluyendo al que es creativo), pero al mismo tiempo se permite desembolsos aberrantes en empleos u ocupaciones (no trabajos) tecnocráticos en los cuales el fraude consiste en la importancia personal que se dan los empleados improductivos y quienes "gestionan" lo ajeno embolsándose de éste lo máximo que puedan "Esta situación -escribía hace algún tiempo Galbraith- no provoca ninguna reacción adversa seria. Y hasta hace muy poco las exageradas compensaciones y amplios beneficios de los ejecutivos operativos y no operativos tampoco había suscitado comentarios críticos". De hecho, los estafadores en puestos directivos se adjudicaron liquidaciones exorbitantes luego de la crisis de 2008. Desde el punto de vista creativo, se "mata" al trabajo al ser castigado el esfuerzo o ser castigada la creatividad y no reconocido el aporte a la riqueza social, mientras se premia ocupaciones "inútiles", aunque importantes para la realización y reproducción del capital. El rasero de la remuneración no es el trabajo verdadero, sino el que "capitaliza" ("realiza"), por decirlo de algún modo.

sábado, 10 de diciembre de 2016

CLASES MEDIAS: LA FACILIDAD DE LAS MALAS ARTES

Henryk Grossmann, economista germano-polaco, se ocupó en 1929 de las "clases medias", una forma de expresarse que en realidad poco tiene que ver con el marxismo.
     Para Grossmann (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista), estas "clases medias" estaban ligadas ante todo a la ampliación del comercio, con ocupaciones que servían para realizar y reproducir el capital, pero, agregaba, "sin incrementar directamente el plusvalor". La función de estas mismas "clases" era ambivalente: de ayuda para esa realización, actuaban al mismo tiempo de manera negativa sobre la tasa de ganancia en otro aspecto, al aumentar el capital adelantado (para realización y reproducción).
     Lo mismo ocurre con las llamadas "terceras personas" (funcionarios, profesiones liberales, etcétera), que viven de "réditos derivados" de ganancia o renta. Marx estableció que no hay identidad entre productores y consumidores y predijo un crecimiento mayor de los segundos que de los primeros. El consumo ayuda a la realización, al igual que el comercio, pero destruye la mercancía y disminuye "la fuente disponible para la acumulación", según Grossmann. Para este autor, las "terceras personas" "son consumidoras sin ser al mismo tiempo productoras", de la misma manera en que el comercio suele ayudar a realizar mercancías sin incrementar el plusvalor. Grossmann señalaba que las "terceras personas" son prestadoras de servicios.
      ¿Para que sirven estos segmentos de las "clases medias", desde el comercio hasta los "prestadores de servicios"? De manera contradictoria, para frenar la caída de la tasa de ganancia (manteniendo la circulación y realización de mercancías y su consumo), pero también para disminuir el fondo de acumulación por causa de desembolsos improductivos, El capitalismo se sirve de las "clases medias" y las "terceras personas", no al revés.
      El problema mayor es que estas "clases medias" y "terceras personas", al no incrementar el plusvalor y al consumir sin producir (por más que efectivamente estén "empleadas"), son idóneas para tener ocupaciones y jobs que no son verdaderos trabajos, por lo que rara vez hay creatividad en las tareas que llevan a cabo. Estados Unidos ha multiplicado este tipo de ocupaciones para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia al precio de crear una capa de población sin los saberes, ni la creatividad ni la calidad de un verdadero trabajo: sin oficio, en suma. Estas capas de la población (que no son medibles por el ingreso) se llevan una parte del pastel sin aportar a su creación: difícilmente están exentas de "malas artes" para tener lo más posible -incluso a costa del capital y del asalariado- sin aportar mayor cosa a la creación de una verdadera riqueza social.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿PUEDE EU DEJAR DE SER UN PAIS RENTISTA?

A partir de los trabajos de Rudolf Hilferding y John A. Hobson (en la medida en que formaban parte de una reflexión colectiva), V.I. Lenin previó a principios del siglo XX la tendencia del capitalismo, bajo su forma imperialista, al estancamiento y en particular a la descomposición.
      El proyecto proto-fascista estadounidense desde la época de Ronald Reagan, prolongado por los Bush, los Clinton y Obama, contaba con ampliar el imperio, en la locura de llevarlo a todo el globo terráqueo, sin calcular que el imperialismo afectaría a la nación estadounidense misma, corroyéndola en el mundo del trabajo. La ampliación "hacia el mercado exterior" derrumbó así muros y "tendió puentes" -para las corporaciones trasnacionales- con la caída del sovietismo y la desenfrenada apertura china. Se trataba simplemente de prolongar esta tendencia, pero la elección de Donald Trump mostró que otras tendencias están en juego.
       Los Bush, los Clinton y Obama buscaron afianzar el flujo de "tributo" desde el mundo hacia el imperio e impedir cualquier otra forma de "circulación" de los excedentes internacionales. Estos proto-fascistas lo hicieron al precio de convertir a Estados Unidos en el tipo de "Estado rentista" (Rentnerstaat) que denunciaba Lenin. Hobson, citado por el líder bolchevique ruso en El imperialismo, fase superior del capitalismo, escribía que el parasitismo acompañaba a esta descomposición y consistía, entre otras cosas, en que "el Estado dominante utiliza sus provincias, sus colonias y los países dependientes, con el objeto de enriquecer a su clase dirigente y corromper a las clases inferiores a fin de que permanezcan tranquilas". Esta corrupción se estaba llevando a cabo en Estados Unidos con promesas de "inclusión" por "segmentos" (mujeres, jóvenes, minorías raciales y de género, etcétera) en una versión light del corporativismo fascista (con derecho de cada "segmento" al "corte de cupón"), y teniendo como pivotes a la clase media y la familia (algo igualmente frecuente en los fascismos), en lugar del empresariado productivo y el mundo del trabajo. "Volver a hacer grande a América", lema de Trump, no quiere decir forzosamente hacerla grande a costa de los demás, sino que "Estados Unidos sea para los estadounidenses", amenazados de un doble descalabro: externo e interno. De todos modos, no es en 100 días y sin atacar a fondo la financiarización  que se puede revertir una tendencia imperial a la descomposición, aunque tal vez se pueda llegar a otra "administración de las cosas"

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL "SISMONDISMO" COMO ANHELO

El hecho de que la crisis capitalista actual se exprese por sobre-acumulación y sobre-producción crea una impresión contraria a la de la crisis misma, al haber abundancia de mercancías. Quien se ponga a ver escaparates y anuncios luminosos publicitarios -la saturación de todo- no pensará que hay crisis y que sobre-acumulación y sobre-producción pueden enmascarar una falta de plusvalía, como tasa, aunque no forzosamente como masa. El resultado es un crecimiento cuantitativo de contradicciones sin solución cualitativa. Por lo demás, la apología del capitalismo ha sabido "vender" de distintas maneras esta sobre-producción, mostrándola como la abundancia que efectivamente es por contraste con la "escasez" de lo que era el bloque socialista o lo que existe en países como Cuba.
        Otro hecho no mostrado es el sobre-consumo. Lo que está sistemáticamente insinuado es el sub-consumo, entendido como promesa renovada de incorporación a la abundancia, lo que en algunos casos se hace con deuda y en otros con prestaciones clientelistas. La izquierda de origen social-demócrata y progresista (en el estilo del progresismo argentino, brasileño o incluso venezolano) ha jugado esta carta que no es otra que la de un especie de peligroso "sismondismo": en vez de pasar por el trabajo (como parece querer hacerlo por el momento el mandatario estadounidense electo Donald Trump). pasa por la promesa de dar cierta capacidad de consumo a cambio de comprarse "lealtades", todo sin considerar el mérito ni esfuerzo alguno. No está de más señalar que el portal latino-americanista Alainet estuvo reproduciendo hace algún tiempo una serie de artículos de elogio de Sismondi, el economista suizo del siglo XIX. No es todo: "presagiando" un dizque nuevo "sistema-mundo", en el mismo portal y en otros Ignacio Ramonet insinúa el modo de seguir "ofertando" desde arriba en vez de cambiar las cosas desde abajo: calcula de aquí al año 2030 que las clases medias se tripliquen, pasando de mil millones a tres mil millones de personas -toda una masa de potenciales clientes para "pronósticos" como los de Goldman Sachs-. Muy bien, solo que, de acuerdo con el mismo Ramonet, la población al 2030 sería de ocho mil 500 millones, por lo que hay cinco mil 500 millones de personas que no estarán en la clase media y que en su inmensa mayoría tampoco estarán en el "1%". ¿La solución? Una temporal, como siempre, como la promesa de "inclusión" hecha "para todos", pero siempre concretada para una parte que termina estando dispuesta a ignorar que tres mil en ocho mil 500 no hacen más que una pequeña isla de prosperidad y privilegios.
        Mientras Sismondi sea el anhelo socialista -redistribuir, en vez de cambiar las condiciones de producción- no se habrá despejado ni siquiera el peligro mencionado por Diego Guerrero en su introducción a los escritos escogidos de Sismondi (Sobre-producción y sub-consumo): el de un socialismo nacionalista, estatalista y anticomunista (con frecuencia no mencionado como tal) no exento de emparentamientos con fascismos y neofascismos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

NUEVOS RICOS: TRANSGREDIR ES FASHION

A su manera, los Clinton y los Obama representan el resultado de 30 años de saqueo que han formado parte de la destrucción del capitalismo monopolista de Estado, sin que mayor cosa haya sido puesta en su lugar. No es posible pronosticar por ahora si el mandatario estadounidense, Donald Trump, podrá limitar los estragos -entre otros, culturales- de los "nuevos ricos" que hicieron su agosto con el cosmopolitismo y la depredación a cuenta y a costa del erario nacional. Nada más falso que el mal llamado "neoliberalismo" haya sido simplemente una "fábrica de pobres"; también lo fue de arribistas dispuestos a dejar su humanidad (¿la tenían?) en el camino al "ser alguien en la vida", entendido incluso como ser más ostentoso que millonario (Beatriz Sarló), llegado el caso.
      En algún momento, a principios de 2012, Beatriz Sarló describía en La nación el nuevo estilo que, digamos, parecía consistir en colgarse de la riqueza que manaba de las privatizaciones, mientras, en el caso específico de Argentina, desde la dictadura había sucedido a la vez el derrumbe del aparato productivo y justamente la "aparición" de estos "emergentes": los nuevos ricos. Fue con el menemismo, como en otros países con el fujimorismo, con los adecos o con el seductor de la patria. El menemismo, al decir de Sarló, "(...) también fue el régimen que permitió la impunidad en la costumbre de los poderosos y, en primer lugar, de los gobernantes. Con el menemismo se difunde la idea de que no hay reglas, sino discursos que explican lo que, combinando lo negativo y lo supuestamente positivo, se llamó 'transgresión'". Así, "los ricos fueron fashion", pero también se volvió in transgredir, provocar, "adelantarse a golpear", desafiar a lo que George Orwell llamaba "decencia común", hasta llegar a lo que por su parte Suart Ewen ha llamado "la sociedad indecente" y otros el "capitalismo pulsional". Para Sarló, el menemismo obtuvo una victoria simbólica (en el imaginario cultural), además de impunidad. A su vez, "el kirchnerismo, que dió varias batallas culturales, no rompió con el glam del menemismo". Después de todo, Menem era "un sensual, que no interponía barreras entre lo público y lo privado".
       "El estilo tardocapitalista del burgués flamígero, el burgués de relojes, autos y pisos lujosos, casas vulgares con muchos baños, cruceros y ropas de marca, es un estilo de época", escribía Sarló, y comentaba: "desde el menemismo quedó legitimada la cultura de la riqueza.- Sus triviales hitos fueron una pista de aterrizaje internacional, incongruente en medio de una provincia miserable; los trajes brillantes, el cuello de camisa italiano y el nudo de corbata windsor convertidos en uniforme administrativo; el champagne, y una Ferrari roja apta para transgredir velocidades máximas en la carretera (probando el absurdo de los bólidos supercaros)". ¿A qué llegó la transgresión, agravada en el caso de países con narcomoney? No lejos del proto-fascismo latente en el "capitalismo pulsional", se llegó al culto de lo vulgar "desinhibido" como fashion y algo más. En esta "era de la desfachatez", como la llamara Sarló, "una cultura del 'todo vale' se compatibiliza bien con un capitalismo del todo vale, empezando por la corrupción y los negocios de amigos".
     "El capitalismo -decía Sarló- todavía tiene una doble deuda que no es seguro que pueda cubrir: la decadencia de su cultura en términos éticos y de solidaridad, por una parte; la banalidad de sus principales emblemas de consumo, por la otra". ¿Todavía se puede algo para salir de este camino a la decadencia y al proto-fascismo?